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Commentary on the Whole Bible · dominio público · traducción al español guardada por RevelatiO

Matthew Henry sobre Romanos 8

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vv. 1-9

Los privilegios del creyente. (a. d. 58.) 1 AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme á la carne, mas conforme al espíritu. 2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. 3 Porque lo que era imposible á la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando á su Hijo en semejanza de carne de pecado, y á causa del pecado, condenó al pecado en la carne; 4 Para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme á la carne, mas conforme al espíritu. 5 Porque los que viven conforme á la carne, de las cosas que son de la carne se ocupan; mas los que conforme al espíritu, de las cosas del espíritu. 6 Porque la intención de la carne es muerte; mas la intención del espíritu, vida y paz: 7 Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta á la ley de Dios, ni tampoco puede. 8 Así que, los que están en la carne no pueden agradar á Dios. 9 Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él. I. El apóstol comienza aquí con un privilegio singular de los verdaderos cristianos, y describe el carácter de aquellos a quienes pertenece: "AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús", v. 1. Este es su triunfo después de aquella melancólica queja y conflicto del capítulo anterior —el pecado permaneciendo, perturbando, vexando, pero, bendito sea Dios, no arruinando. La queja la toma para sí, pero humildemente transfiere el consuelo consigo mismo a todos los verdaderos creyentes, quienes están todos interesados en ello. 1. Es el privilegio y consuelo inefable de todos aquellos que están en Cristo Jesús que "ninguna condenación hay para ellos". No dice: "No hay acusación contra ellos", porque sí la hay; pero la acusación es desestimada, y la acusación anulada. No dice: "No hay nada en ellos que merezca condenación", porque sí lo hay, y ellos lo ven, y lo reconocen, y se lamentan por ello, y se condenan a sí mismos por ello; pero no será su ruina. No dice: "No hay cruz, no hay aflicción para ellos o ningún disgusto en la aflicción", porque esto puede haber; pero ninguna condenación. Pueden ser castigados por el Señor, pero no condenados con el mundo. Ahora bien, esto surge de su estar en Cristo Jesús; en virtud de su unión con él por medio de la fe, están así asegurados. Están en Cristo Jesús, como en su ciudad de refugio, y así están protegidos del vengador de sangre. Él es su abogado, y los libra. Por lo tanto, no hay condenación, porque están interesados en la satisfacción que Cristo, al morir, hizo a la ley. En Cristo, Dios no solo no los condena, sino que se complace en ellos, Mateo xvii. 5. 2. Es el carácter indudable de todos aquellos que están tan en Cristo Jesús como para ser librados de la condenación que "no andan conforme á la carne, mas conforme al espíritu". Obsérvese: El carácter se da por su andar, no por un acto particular, sino por su curso y camino. Y la gran pregunta es: ¿Cuál es el principio del andar, la carne o el espíritu, la naturaleza vieja o la nueva, la corrupción o la gracia? ¿A cuál de estos atendemos, para cuál de estos hacemos provisión, por cuál de estos somos gobernados, de cuál de estos tomamos partido? II. Esta gran verdad, así establecida, la ilustra en los versículos siguientes; y muestra cómo obtenemos este gran privilegio, y cómo podemos cumplir este carácter.

vv. 10-16

3. Hay una vida reservada también para el pobre cuerpo al fin: Él también vivificará vuestros cuerpos mortales, v. 11. El Señor es para el cuerpo; y aunque en la muerte es desechado como un vaso despreciado y roto, un vaso en el que no hay placer, sin embargo, Dios tendrá deseo de la obra de sus manos (Job xiv. 15), recordará su pacto con el polvo, y no perderá ni un grano de él; sino que el cuerpo se reunirá con el alma, y será vestido de una gloria acorde con ella. Los cuerpos viles serán transformados, Fil. iii. 21; 1 Cor. xv. 42. Se mencionan dos grandes seguridades de la resurrección del cuerpo: — (1.) La resurrección de Cristo: El que levantó á Cristo Jesús de los muertos, vivificará también. Cristo resucitó como cabeza, primicias y precursor de todos los santos, 1 Cor. xv. 20. El cuerpo de Cristo yacía en la tumba, bajo el pecado de todos los elegidos imputado, y lo rompió. Oh sepulcro, entonces, ¿dónde está tu victoria? Es en virtud de la resurrección de Cristo que resucitaremos. (2.) La morada del Espíritu. El mismo Espíritu que levanta el alma ahora levantará el cuerpo en breve: por su Espíritu que mora en vosotros. Los cuerpos de los santos son templos del Espíritu Santo, 1 Cor. iii. 16; vi. 19. Ahora bien, aunque a estos templos se les permita por un tiempo yacer en ruinas, serán reconstruidos. El tabernáculo de David, que ha caído, será reparado, por grandes montañas que haya en el camino. El Espíritu, soplando sobre huesos muertos y secos, los hará vivir, y los santos aun en su carne verán a Dios. De ahí el apóstol infiere de paso cuán grande es nuestro deber de andar no conforme a la carne, sino conforme al Espíritu, v. 12, 13. No sea nuestra vida según las voluntades y mociones de la carne. Menciona aquí dos motivos: — [1.] No somos deudores a la carne, ni por relación, ni por gratitud, ni por ningún otro vínculo u obligación. No debemos ningún servicio ni obediencia a nuestros deseos carnales; en verdad estamos obligados a vestir, alimentar y cuidar el cuerpo, como siervo del alma en el servicio de Dios, pero no más allá. No somos deudores a ella; la carne nunca nos hizo tanto bien como para obligarnos a servirla. Se implica que somos deudores a Cristo y al Espíritu: allí debemos todo, todo lo que tenemos y todo lo que podemos hacer, por mil vínculos y obligaciones. Habiendo sido librados de tan gran muerte por tan gran rescate, estamos profundamente endeudados con nuestro libertador. Véase 1 Cor. vi. 19, 20. [2.] Consideremos las consecuencias, lo que habrá al final del camino. Aquí se nos presentan la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Si viviereis conforme á la carne, moriréis; es decir, moriréis eternamente. Es el complacer, servir y gratificar la carne lo que es la ruina de las almas; es decir, la segunda muerte. Morir, en verdad, es el morir del alma: la muerte de los santos es solo un sueño. Pero, por otro lado, viviréis, viviréis y seréis felices por la eternidad; esa es la verdadera vida: si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, sometéis y refrenáis todas las concupiscencias y afectos carnales, os negáis a vosotros mismos en el complacer y halagar el cuerpo, y esto por el Espíritu; no podemos hacerlo sin que el Espíritu lo obre en nosotros, y el Espíritu no lo hará sin que nosotros pongamos nuestro esfuerzo. De modo que, en una palabra, se nos presenta este dilema: o desagradar al cuerpo o destruir el alma.

vv. 17-25

Los privilegios del creyente. (a. D. 58.) 17 Y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos de Cristo; si empero padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. 18 Porque tengo por cierto que lo que en este tiempo se padece, no es de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada. 19 Porque el continuo anhelar de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios. 20 Porque las criaturas sujetas fueron á vanidad, no de grado, mas por causa del que las sujetó con esperanza, 21 Que también las mismas criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. 22 Porque sabemos que todas las criaturas gimen á una, y á una están de parto hasta ahora. 23 Y no sólo ellas, mas también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, es á saber, la redención de nuestro cuerpo. 24 Porque en esperanza somos salvos; mas la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿á qué esperarlo? 25 Empero si lo que no vemos esperamos, por paciencia esperamos. En estas palabras el apóstol describe una cuarta rama ilustre de la felicidad de los creyentes, a saber, un título a la gloria futura. Esto se anexa apropiadamente a nuestra filiación; porque así como la adopción de hijos nos da derecho a esa gloria, así la disposición de hijos nos capacita y prepara para ella. Si hijos, también herederos, v. 17. En las herencias terrenales esta regla no se cumple, solo los primogénitos son herederos; pero la iglesia es una iglesia de primogénitos, porque todos son herederos. El cielo es una herencia de la que todos los santos son herederos. No llegan a ella como compradores por ningún mérito o adquisición propia; sino como herederos, puramente por el acto de Dios; porque Dios hace herederos. Los santos son herederos aunque en este mundo son herederos menores de edad; véase Gál. iv. 1, 2. Su estado actual es un estado de educación y preparación para la herencia. ¡Cuán consolador debería ser esto para todos los hijos de Dios, por poco que posean, que, siendo herederos, tienen suficiente en reserva! Pero el honor y la felicidad de un heredero residen en el valor y la valía de aquello de lo que es heredero: leemos de aquellos que heredan el viento; y por lo tanto tenemos aquí un resumen de las premisas. 1. Herederos de Dios. El Señor mismo es la porción de la herencia de los santos (Sal. xvi. 5), una heredad hermosa, v. 6. Los santos son sacerdotes espirituales, que tienen al Señor por su herencia, Núm. xviii. 20. La visión de Dios y el disfrute de Dios constituyen la herencia de la que los santos son herederos. Dios mismo estará con ellos, y será su Dios, Apoc. xxi. 3. 2. Coherederos con Cristo. Se dice que Cristo, como Mediador, es el heredero de todas las cosas (Heb. i. 2), y los verdaderos creyentes, en virtud de su unión con él, heredarán todas las cosas, Apoc. xxi. 7. Aquellos que ahora participan del Espíritu de Cristo, como sus hermanos, participarán, como sus hermanos, de su gloria (Juan xvii. 24), se sentarán con él en su trono, Apoc. iii. 21. Señor, ¿qué es el hombre para que así lo engrandezcas? Ahora bien, esta gloria futura se menciona además como la recompensa de los sufrimientos presentes y como el cumplimiento de las esperanzas presentes.

vv. 26-28

3. El éxito seguro de estas intercesiones: Mas el que escudriña los corazones, sabe cuál es el intento del Espíritu, v. 27. Para un hipócrita, cuya religión reside enteramente en su lengua, nada es más terrible que el hecho de que Dios escudriña el corazón y ve a través de todos sus disfraces. Para un cristiano sincero, que hace de su deber una obra del corazón, nada es más reconfortante que el hecho de que Dios escudriña el corazón, porque entonces Él escuchará y responderá esos deseos que nos faltan palabras para expresar. Él sabe lo que necesitamos antes de que lo pidamos, Mateo vi. 8. Él sabe cuál es la mente de su propio Espíritu en nosotros. Y, así como siempre escucha al Hijo intercediendo por nosotros, así siempre escucha al Espíritu intercediendo en nosotros, porque su intercesión es conforme a la voluntad de Dios. ¿Qué más se podría haber hecho para el consuelo del pueblo del Señor, en todas sus peticiones a Dios? Cristo había dicho: "Todo lo que pidiereis al Padre conforme a su voluntad, os lo dará." Pero, ¿cómo aprenderemos a pedir conforme a su voluntad? Pues bien, el Espíritu nos enseñará eso. Por eso la simiente de Jacob nunca busca en vano. II. La concurrencia de todas las providencias para el bien de los que son de Cristo, v. 28. Podría objetarse que, a pesar de todos estos privilegios, vemos a los creyentes rodeados de múltiples aflicciones; aunque el Espíritu intercede por ellos, sus problemas continúan. Es muy cierto; pero en esto la intercesión del Espíritu es siempre eficaz, que, sea como sea que les vaya, todo esto está obrando juntamente para su bien. Obsérvese aquí. 1. El carácter de los santos, que están interesados en este privilegio; aquí se les describe con propiedades comunes a todos los que están verdaderamente santificados. (1.) Aman a Dios. Esto incluye todas las salidas de los afectos del alma hacia Dios como el bien supremo y el fin más elevado. Es nuestro amor a Dios lo que hace que cada providencia sea dulce y, por lo tanto, provechosa. Los que aman a Dios sacan lo mejor de todo lo que Él hace, y lo toman todo a bien. (2.) Son los llamados conforme a su propósito, eficazmente llamados conforme al propósito eterno. El llamamiento es eficaz, no según ningún mérito o desierto nuestro, sino según el propio propósito misericordioso de Dios.

vv. 29-30

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The Believer's Privileges. (a. d. 58.) 29 For whom he did foreknow, he also did predestinate to be conformed to the image of his Son, that he might be the firstborn among many brethren. 30 Moreover whom he did predestinate, them he also called: and whom he called, them he also justified: and whom he justified, them he also glorified. The apostle, having reckoned up so many ingredients of the happiness of true believers, comes here to represent the ground of them all, which he lays in predestination. These precious privileges are conveyed to us by the charter of the covenant, but they are founded in the counsel of God, which infallibly secures the event. That Jesus Christ, the purchaser, might not labour in vain, nor spend his strength and life for nought and in vain, there is a remnant given him, a seed that he shall see, so that the good pleasure of the Lord shall prosper in his hands. For the explication of this he here sets before us the order of the causes of our salvation, a golden chain, which cannot be broken. There are four links of it:— I. Whom he did foreknow he also did predestinate to be conformed to the image of his Son. All that God designed for glory and happiness as the end he decreed to grace and holiness as the way. Not, whom he did foreknow to be holy those he predestinated to be so. The counsels and decrees of God do not truckle to the frail and fickle will of men; no, God's foreknowledge of the saints is the same with that everlasting love wherewith he is said to have loved them, Jer. xxxi. 3. God's knowing his people is the same with his owning them, Ps. i. 6; John x. 14; 2 Tim. ii. 19. See ch. xi. 2. Words of knowledge often in scripture denote affection; so here: Elect according to the foreknowledge of God, 1 Pet. i. 2. And the same word is rendered fore-ordained, 1 Pet. i. 20. Whom he did foreknow, that is, whom he designed for his friends and favourites. I know thee by name, said God to Moses, Exod. xxxiii. 12. Now those whom god thus foreknew he did predestinate to be conformed to Christ. 1. Holiness consists in our conformity to the image of Christ. This takes in the whole of sanctification, of which Christ is the great pattern and sampler. To be spirited as Christ was, to walk and live as Christ did, to bear our sufferings patiently as Christ did. Christ is the express image of his Father, and the saints are conformed to the image of Christ. Thus it is by the mediation and interposal of Christ that we have God's love restored to us and God's likeness renewed upon us, in which two things consists the happiness of man. 2. All that God hath from eternity foreknown with favour he hath predestinated to this conformity. It is not we that can conform ourselves to Christ. Our giving ourselves to Christ takes rise in God's giving us to him; and, in giving us to him, he predestinated us to be conformable to his image. It is a mere cavil therefore to call the doctrine of election a licentious doctrine, and to argue that it gives encouragement to sin, as if the end were separated from the way and happiness from holiness. None can know their election but by their conformity to the image of Christ; for all that are chosen are chosen to sanctification (2 Thess. ii. 13), and surely it cannot be a temptation to any to be conformed to the world to believe that they were predestinated to be conformed to Christ. 3. That which is herein chiefly designed is the honour of Jesus Christ, that he might be the first-born among many brethren; that is, that Christ might have the honour of being the great pattern, as well as the great prince, and in this, as in other things, might have pre-eminence. It was in the first-born that all the children were dedicated to God under the law. The first-born was the head of the family, on whom all the rest did depend: now in the family of the saints Christ must have the honour of being the first-born. And blessed be God that there are many brethren; though they seem but a few in one place at one time, yet, when they come all together, they will be a great many. There is, therefore, a certain number predestinated, that the end of Christ's undertaking might be infallibly secured. Had the event been left at uncertainties in the divine counsels, to depend upon the contingent turn of man's will, Christ might have been the first-born among but few or no brethren—a captain without soldiers and a prince without subjects—to prevent which, and to secure to him many brethren, the decree is absolute, the thing ascertained, that he might be sure to see his seed, there is a remnant predestinated to be conformed to his image, which decree will certainly have its accomplishment in the holiness and happiness of that chosen race; and so, in spite of all the opposition of the powers of darkness, Christ will be the first-born among many, very many brethren. II. Whom he did predestinate those he also called, not only with the external call (so many are called that were not chosen, Matt. xx. 16; xxii. 14), but with the internal and effectual call. The former comes to the ear only, but this to the heart. All that God did from eternity predestinate to grace and glory he does, in the fulness of time, effectually call. The call is then effectual when we come at the call; and we then come at the call when the Spirit draws us, convinces the conscience of guilt and wrath, enlightens the understanding, bows the will, persuades and enables us to embrace Christ in the promises, makes us willing in the day of his power. It is an effectual call from self and earth to God, and Christ, and heaven, as our end—from sin and vanity to grace, and holiness, and seriousness as our way. This is the gospel call. Them he called, that the purpose of God, according to election, might stand: we are called to that to which we were chosen. So that the only way to make our election sure is to make sure our calling, 2 Pet. i. 10. III. Whom he called those he also justified. All that are effectually called are justified, absolved from guilt, and accepted as righteous through Jesus Christ. They are recti in curia—right in court; no sin that ever they have been guilty of shall come against them, to condemn them. The book is crossed, the bond cancelled, the judgment vacated, the attainder reversed; and they are no longer dealt with as criminals, but owned and loved as friends and favourites. Blessed is the man whose iniquity is thus forgiven. None are thus justified but those that are effectually called. Those that stand it out against the gospel call abide under guilt and wrath. IV. Whom he justified those he also glorified. The power of corruption being broken in effectual calling, and the guilt of sin removed in justification, all that which hinders is taken out of the way, and nothing can come between that soul and glory. Observe, It is spoken of as a thing done: He glorified, because of the certainty of it; he hath saved us, and called us with a holy calling. In the eternal glorification of all the elect, God's design of love has its full accomplishment. This was what he aimed at all along—to bring them to heaven. Nothing less than that glory would make up the fulness of his covenant relation to them as God; and therefore, in all he does for them, and in them, he has this in his eye. Are they chosen? It is to salvation. Called? It is to his kingdom and glory. Begotten again? It is to an inheritance incorruptible. Afflicted: It is to work for them this exceeding and eternal weight of glory. Observe, The author of all these is the same. It is God himself that predestinated, calleth, justifieth, glorifieth; so the Lord alone did lead him, and there was no strange God with him. Created wills are so very fickle, and created powers so very feeble, that, if any of these did depend upon the creature, the whole would shake. But God himself hath undertaken the doing of it from first to last, that we might abide in a constant dependence upon him and subjection to him, and ascribe all the praise to him—that every crown may be cast before the throne. This is a mighty encouragement to our faith and hope; for, as for God, his way, his work, is perfect. He that hath laid the foundation will build upon it, and the top-stone will at length be brought forth with shoutings, and it will be our eternal work to cry, Grace, grace to it.

vv. 31-39

El triunfo del creyente. (a. d. 58.) 31 ¿Pues qué diremos á esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que aun á su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 33 ¿Quién acusará á los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está á la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. 35 ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? tribulación? ó angustia? ó persecución? ó hambre? ó desnudez? ó peligro? ó cuchillo? 36 Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo: somos estimados como ovejas de matadero. 37 Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó. 38 Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 Ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. El apóstol cierra este excelente discurso sobre los privilegios de los creyentes con un santo triunfo, en nombre de todos los santos. Habiendo expuesto ampliamente el misterio del amor de Dios hacia nosotros en Cristo, y los privilegios sumamente grandes y preciosos que disfrutamos por medio de él, concluye como un orador: ¿Pues qué diremos á esto? ¿Qué uso haremos de todo lo que se ha dicho? Habla como alguien asombrado y absorto en la contemplación y admiración de ello, maravillándose de la altura y la profundidad, y la longitud y la anchura, del amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento. Cuanto más conocemos otras cosas, menos nos maravillamos de ellas; pero cuanto más nos adentramos en el conocimiento de los misterios del evangelio, más nos afecta la admiración por ellos. Si Pablo estaba perplejo sobre qué decir a estas cosas, no es de extrañar que nosotros también lo estemos. ¿Y qué dice? Pues bien, si alguna vez Pablo cabalgó en un carro triunfal de este lado del cielo, fue aquí: con tal santa elevación y gallardía de espíritu, con tal fluidez y copiosidad de expresión, se consuela a sí mismo y a todo el pueblo de Dios, al considerar estos privilegios. En general, aquí lanza un desafío, arroja el guante, por así decirlo, reta a todos los enemigos de los santos a hacer lo peor: Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? El fundamento del desafío es que Dios está por nosotros; en esto resume todos nuestros privilegios. Esto lo incluye todo, que Dios está por nosotros; no solo reconciliado con nosotros, y por lo tanto no contra nosotros, sino en pacto con nosotros, y por lo tanto comprometido por nosotros —todos sus atributos por nosotros, sus promesas por nosotros. Todo lo que él es, y tiene, y hace, es para su pueblo. Él hace todas las cosas por ellos. Él está por ellos, incluso cuando parece actuar contra ellos. Y, si es así, ¿quién puede estar contra nosotros, de modo que prevalezca contra nosotros, de modo que impida nuestra felicidad? Por grandes y fuertes que sean, por muchos que sean, por poderosos que sean, por maliciosos que sean, ¿qué pueden hacer? Mientras Dios esté por nosotros, y nos mantengamos en su amor, podemos con santa osadía desafiar todos los poderes de las tinieblas. Que Satanás haga lo peor, está encadenado; que el mundo haga lo peor, está conquistado: principados y potestades son despojados y desarmados, y triunfados sobre ellos, en la cruz de Cristo. ¿Quién entonces se atreve a luchar contra nosotros, mientras Dios mismo lucha por nosotros? Y esto decimos a estas cosas, esta es la inferencia que sacamos de estas premisas. Más particularmente.

Fuente: CrossWire SWORD MHC 2.2, from CCEL (http://www.ccel.org/)