vv. 1-23
La transición del apóstol, que une este discurso con el anterior, es notable: «¿PUES qué diremos?», v. 1. «¿Qué uso haremos de esta dulce y consoladora doctrina? ¿Haremos mal para que venga bien, como algunos dicen que hacemos? cap. iii. 8. ¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca? ¿Tomaremos de aquí ánimo para pecar con tanta más osadía, porque cuanto más pecado cometamos, más se magnificará la gracia de Dios en nuestro perdón? ¿Es este un uso que se le debe dar?» No, es un abuso, y el apóstol se estremece ante la idea (v. 2): «En ninguna manera; lejos esté de nosotros pensar tal cosa». Él acoge la objeción como Cristo acogió la tentación más oscura del diablo (Mateo iv. 10): Vete, Satanás. Aquellas opiniones que dan algún pretexto al pecado, o abren una puerta a las inmoralidades prácticas, por muy especiosas y plausibles que se presenten, bajo el pretexto de promover la gracia gratuita, deben ser rechazadas con el mayor aborrecimiento; porque la verdad tal como es en Jesús es una verdad conforme a la piedad, Tito i. 1. El apóstol es muy explícito al insistir en la necesidad de la santidad en este capítulo, lo cual puede reducirse a dos puntos: Sus exhortaciones a la santidad, que muestran la naturaleza de esta; y sus motivos o argumentos para reforzar esas exhortaciones, que muestran la necesidad de aquella. I. En cuanto a lo primero, podemos observar de aquí la naturaleza de la santificación, qué es y en qué consiste. En general, tiene dos cosas: mortificación y vivificación —morir al pecado y vivir a la justicia, expresado en otros lugares como despojarse del viejo hombre y vestirse del nuevo, dejar de hacer el mal y aprender a hacer el bien.